Una propuesta
—Entiendo que no me comprendas, pero entiende que yo sí te entiendo— dijo, y posó sus manos sobre las rugosas manos de Mateo.
— Hay cosas que no se pueden hacer.
— ¿Quién lo dice?— preguntó ella.
— Todo el mundo.
— La mayoría de “todo el mundo” no sabe qué hacer ni cómo vivir— le dijo, y su voz se escuchó más dura, casi como el metal.
Entonces, Mateo sintió como si regresara de un largo viaje, para encontrarse, muchos años después, consigo mismo, en otro cuerpo, otro espacio y otro tiempo, frente a una mujer que juraba haber visto en algún sueño, pero que en realidad había sido siempre su mujer.
— Vámonos esta noche— insistió.
Mateo sintió que aquél cuerpo no le quedaba. Sus manos eran demasiado largas y sus piernas demasiado robustas. Se puso de pie y se golpeó contra una rama. Tenía que acostumbrarse a su nuevo yo, adiestrarse, y ella lo sabía, y también lo comprendía.
— Mateo, no vas a hacer nada aquí—le dijo, esta vez más cerca— Te han abandonado. Podrían hasta matarte.
Mateo suspiró como si fuera un buey cansado. Estaba rendido. Llevaba diez años de luchar y ahora tenía un sueño que no aplacaría ni con mil noches. Si aquello era una visión, pensó, no quería despertar. Adentro, su mujer y sus hijos dormían en los catres y las hamacas que él mismo había hecho. Al norte estaba el cerro, y más allá, cruzando el río, estaba el campamento.
La mujer le volvió a hablar, esta vez con la mirada.
— Déjeme, al menos, pensarlo— le dijo.
— ¿Cuánto tiempo?
— Regresa mañana.
La mujer se levantó y desapareció en la oscuridad. Mateo se quedó sentado. Quería dormir una noche más con aquella mujer y sus hijos, sentirles su calor, respirarles el aliento. “Una noche más”, pensó, "Sólo eso".
— Hay cosas que no se pueden hacer.
— ¿Quién lo dice?— preguntó ella.
— Todo el mundo.
— La mayoría de “todo el mundo” no sabe qué hacer ni cómo vivir— le dijo, y su voz se escuchó más dura, casi como el metal.
Entonces, Mateo sintió como si regresara de un largo viaje, para encontrarse, muchos años después, consigo mismo, en otro cuerpo, otro espacio y otro tiempo, frente a una mujer que juraba haber visto en algún sueño, pero que en realidad había sido siempre su mujer.
— Vámonos esta noche— insistió.
Mateo sintió que aquél cuerpo no le quedaba. Sus manos eran demasiado largas y sus piernas demasiado robustas. Se puso de pie y se golpeó contra una rama. Tenía que acostumbrarse a su nuevo yo, adiestrarse, y ella lo sabía, y también lo comprendía.
— Mateo, no vas a hacer nada aquí—le dijo, esta vez más cerca— Te han abandonado. Podrían hasta matarte.
Mateo suspiró como si fuera un buey cansado. Estaba rendido. Llevaba diez años de luchar y ahora tenía un sueño que no aplacaría ni con mil noches. Si aquello era una visión, pensó, no quería despertar. Adentro, su mujer y sus hijos dormían en los catres y las hamacas que él mismo había hecho. Al norte estaba el cerro, y más allá, cruzando el río, estaba el campamento.
La mujer le volvió a hablar, esta vez con la mirada.
— Déjeme, al menos, pensarlo— le dijo.
— ¿Cuánto tiempo?
— Regresa mañana.
La mujer se levantó y desapareció en la oscuridad. Mateo se quedó sentado. Quería dormir una noche más con aquella mujer y sus hijos, sentirles su calor, respirarles el aliento. “Una noche más”, pensó, "Sólo eso".
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