El encargo
El Chato se dio cuenta que se le estaba acabando el cigarro cuando sintió el quemón en medio de los dedos. Botó la colilla como solía hacerlo el Pelón: lanzándola con el pulgar y el dedo medio y haciéndola girar en el aire formando una parábola de lumbre que terminaba, siempre, en un albañal. Estaba nervioso, le sudaban las manos, y el frío lo hacía sentir extrañamente vulnerable. Eso no le gustaba. “No la vayás a cagar”, le había dicho el Pelón, y cagarla significaba una tortura de horas. Lo sabía. La semana pasada había ayudado al Chele a sacarle la verdad a un vendedor ambulante al otro lado de la calle. Se había hecho chavala , decían. No había de otra más que quebrárselo sin importar que hubieran sido compañeros de escuela, a pesar de haber compartido pupitre en el aula de tercer grado. La pandilla no perdona. Faltaban cinco a las ocho, y el encargo no aparecía. Se arrimó al poste y miró la foto de Belén para olvidarse por un rato del asunto. “So...