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Mostrando entradas de 2016

Los restos de mi padre

Texto publicado en la Antología Memorias de La Casa 12 Narradores, Índole Editores, 2012. Los restos de mi padre los guardo en el congelador. Es un congelador pequeño, diminuto. Y sólo cabría ahí si lo guardara en partes. Pienso en adquirir uno nuevo y poder guardar a papá con más holgura. Un congelador barato que no gaste mucha electricidad y que tenga garantía. Sobre todo, con decorados y un motor potente para soportar largas travesías. A papá le gustaba mucho viajar. Ayer llevamos rosas al sepulcro de Madre. A papá no le gusta salir. No tolera los saludos de los vecinos. Por eso salí nada más con su brazo derecho. Papá solo sale por partes. La mirada escrutadora de los vecinos lo aturde, y los murmullos de las paredes le provocan cierta irritación que terminan casi siempre en ataques de asma. Pero ayer, al regresar a la casa, papá estaba contento. Lo pude notar por la coloración rosáceo de su piel: las yemas de los dedos se sonrojan y dejan el color ceniza para verse trémulas ...

Náufrago

Hoy me desperté y vi a Bianca en la entrada de mi puerta. No tenía rostro ni pies. No pude evitar sentir dolor al verla, y sentir el mismo vacío que ella cargaba en el pecho, tan lleno de negro y dolor que podía escucharlo desde el otro lado del cuarto. Deseé abrazarla, lo juro, deseé pararme y correr hasta sus brazos y decirle que el dolor ya había sido suficiente, que con este vacío bastaba, y que por favor, regresara, que no volvería a convertirme en fiera, no a menos que ella me lo permitiera, pero se limitó a verme (sentía su mirada penetrando todo mi ser) y a girar su cabeza una y otra vez hasta hacerse invisible y diluirse entre los cristales de la ventana.  Nada más dejó su camisón oscuro, y en él, su aroma de mujer. Desde entonces me aferro a él como un náufrago a un trozo de madera. Vivo a poquedades sin ella.

Una propuesta

—Entiendo que no me comprendas, pero entiende que yo sí te entiendo— dijo, y posó sus manos sobre las rugosas manos de Mateo. — Hay cosas que no se pueden hacer. — ¿Quién lo dice?— preguntó ella. — Todo el mundo. — La mayoría de “todo el mundo” no sabe qué hacer ni cómo vivir— le dijo, y su voz se escuchó más dura, casi como el metal. Entonces, Mateo sintió como si regresara de un largo viaje, para encontrarse, muchos años después, consigo mismo, en otro cuerpo, otro espacio y otro tiempo, frente a una mujer que juraba haber visto en algún sueño, pero que en realidad había sido siempre su mujer.  — Vámonos esta noche— insistió. Mateo sintió que aquél cuerpo no le quedaba. Sus manos eran demasiado largas y sus piernas demasiado robustas. Se puso de pie y se golpeó contra una rama. Tenía que acostumbrarse a su nuevo yo, adiestrarse, y ella lo sabía, y también lo comprendía.  — Mateo, no vas a hacer nada aquí—le dijo, esta vez más cerca— Te han ab...

Retrato de pájaros muertos

Daniel pinta un cuadro de tres aves muertas. Yo lo veo delinear sobre el lienzo mientras él está parado, desnudo, empuñando su pincel. Hace pinceladas como si el cuadro ya estuviese hecho, y la habitación se vuelve mucho más chica y acogedora, y las plumas que caen como hojas secas de aquel cuadro, comienzan a inundar poco a poco el espacio del recinto. Yo no le digo a Daniel que pare, porque, en realidad, me gusta verlo trabajar; pero la habitación se vuelve tan pequeña con todas las plumas negras que van saliendo del cuadro, que de su pincel pareciera que brotaran pequeños pichones a punto de fenecer, y es a una que se le van pegando las plumas y el canto estrujado de los pajarillos recién muertos en cada parte del cuerpo. Entonces le digo a Daniel que pare y que nos sentemos a admirar aquella obra, pero Daniel se duerme, y yo me siento a su lado, con las rodillas dobladas y con las plumas hasta la sienes, y de pronto, es como si también él muriera, y yo me convirtiera en un pájaro ...

Mambrú

A Vladimir Amaya Mambrú se fue a la guerra. Nadie sabe cuándo vendrá. Ojalá vuelva para navidad, o quizás, para el día del padre, porque Mambrú tiene un viejo tan viejo como la casa donde vive.  Pero Mambrú no vuelve más. Mambrú se ha muerto en guerra. Una bayoneta perforó sus costillas y una bala encontró  asiento en su ojo derecho. Esa tarde, Mambrú se quedó mirando el ocaso debajo de un enorme árbol de raíces torcidas. Su amada cree que su último pensamiento fue para ella, pero Mambrú pensó en la niña que acababa de tener con otra mujer. Cuatro oficiales lo llevan a enterrar. Cuatro oficiales que no conoce y un pastor que eleva una plegaria al dios que Mambrú nunca deseó tener. Lloran a un hombre que dio la vida por su patria, y que deja ahora una pensión a la madre que se aburrió de rezar por él. Arriba de su tumba dos jóvenes hacen el amor. Lo incómodo del lugar hace que terminen rápido y se vayan.  Pero Mambrú no muere, porque es...

De los riesgos de ser un hombre maravilloso

Marcela, la niña de la tienda (la de los ojos azules) me dijo hoy que yo era un hombre maravilloso. Me lo dijo seria, de frente, mientras me sujetaba la mano con fuerza cuando me daba el vuelto. — Es usted un hombre maravilloso. Sentí frío, sobre todo porque su mano estaba helada y había estado parado debajo de la noche durante los diez minutos que tardaron los demás clientes en salir. —Es usted un hombre maravilloso — me dijo. Me lo dijo después con los ojos. Me lo dijo con algo de lástima porque sabía que no me volvería a ver. Ambos lo sabíamos. — Escape. Huya. Hoy. Esta noche . Me temblaron las rodillas. 

El sueño de Alberto

Alberto soñó que volaba. Que extendía sus brazos y piernas y despegaba lentamente del suelo a su propia voluntad. Batió un momento sus brazos simulando un breve aleteo. Encogió las piernas y comenzó a mover el cuello como la mueven las aves de corral. Salió cuidadosamente por la ventana, encogiéndose lo suficiente para no chocar con las cortinas, ni con la rama de tamarindo que estaba en frente de la casa. El sol lo golpeó con fuerza. Abajo, Raquel lo saludaba con la mano. Le pareció una tarde de verano con aquel vestido blanco. Comenzó a bajar como si bajara en medio de una nube, y se posó justo al lado de ella. Raquel sonreía. No paraba de sonreír. Sonreía con los ojos. También con las manos. Entonces, Alberto sintió un leve escozor entre las costillas, y tuvo miedo. -¿Qué te pasa, Albert? - Es que se me hace que estoy soñando, otra vez- dijo, decepcionado. - ¿Y qué con eso? Puedes venir todos los sueños a verme. - Sí, verdad. - Claro, tonto- y le acarició la barbilla. ...