Mambrú

A Vladimir Amaya

Mambrú se fue a la guerra. Nadie sabe cuándo vendrá. Ojalá vuelva para navidad, o quizás, para el día del padre, porque Mambrú tiene un viejo tan viejo como la casa donde vive. 

Pero Mambrú no vuelve más.

Mambrú se ha muerto en guerra. Una bayoneta perforó sus costillas y una bala encontró  asiento en su ojo derecho. Esa tarde, Mambrú se quedó mirando el ocaso debajo de un enorme árbol de raíces torcidas. Su amada cree que su último pensamiento fue para ella, pero Mambrú pensó en la niña que acababa de tener con otra mujer.

Cuatro oficiales lo llevan a enterrar. Cuatro oficiales que no conoce y un pastor que eleva una plegaria al dios que Mambrú nunca deseó tener. Lloran a un hombre que dio la vida por su patria, y que deja ahora una pensión a la madre que se aburrió de rezar por él.


Arriba de su tumba dos jóvenes hacen el amor. Lo incómodo del lugar hace que terminen rápido y se vayan.  Pero Mambrú no muere, porque esa noche, extrañamente, a uno de esos dos se le ocurrirá hacer, de Mambrú,  una canción para niños. 

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