Un recuerdo helado
Eran las tres de la tarde cuando el padre Cosme cayó en la cuenta de que sería el único en aquella misa. La gente del pueblo se había ido al monte, y las pocas beatas, las de familias pudientes y con apellidos ilustres, habían encontrado refugio en la fe de un pastor mucho más joven y con frases ingeniosas que tenía unos meses de haberse instalado en el lugar. El padre Cosme se sintió morir cuando doña Beatriz, su principal benefactora en los asuntos parroquiales, se adhirió al séquito de ministras, “apóstolas”, como las hacía llamar el joven pastor con corbata a cuadros. Pero el padre Cosme no se resignaba. Recordó las palabras que le había dicho monseñor Cueva cierta tarde en el seminario. Habían pasado cuarenta años de aquello y lo recordaba como si hubiese sido ayer. Ahora, su cabello estaba tan marchito como el del obispo, y su cuerpo mucho más cansado. Eran tiempos difíciles, pensó. Por primera vez, el padre Cosme se sintió quebrado, como si se le hubiese encarnado el crucifij...