Un recuerdo helado

Eran las tres de la tarde cuando el padre Cosme cayó en la cuenta de que sería el único en aquella misa. La gente del pueblo se había ido al monte, y las pocas beatas, las de familias pudientes y con apellidos ilustres, habían encontrado refugio en la fe de un pastor mucho más joven y con frases ingeniosas que tenía unos meses de haberse instalado en el lugar. El padre Cosme se sintió morir cuando doña Beatriz, su principal benefactora en los asuntos parroquiales, se adhirió al séquito de ministras, “apóstolas”, como las hacía llamar el joven pastor con corbata a cuadros. Pero el padre Cosme no se resignaba. Recordó las palabras que le había dicho monseñor Cueva cierta tarde en el seminario. Habían pasado cuarenta años de aquello y lo recordaba como si hubiese sido ayer. Ahora, su cabello estaba tan marchito como el del obispo, y su cuerpo mucho más cansado. Eran tiempos difíciles, pensó. Por primera vez, el padre Cosme se sintió quebrado, como si se le hubiese encarnado el crucifijo entre el pecho y la conciencia, con la certidumbre de ser uno de los últimos católicos que todavía quedaban en aquella grey, y eso lo hacía sentir vulnerable. 

“Dios tarda, pero no olvida”, se remachaba. 

Ignacio tropezó con los perros que estaban echados en el atrio de la iglesia. Tan pronto vio al padre, se santiguó, se le dibujó una mueca que pasaba por sonrisa y se arrodilló para besarle el anillo. Era el único que todavía hacía eso con él. 

 — Ya-ya están aquí—tartamudeó. 

Todavía hablaba cuando la primera mujer atravesó por el umbral de luz. Atrás venían otras, todas jóvenes y hermosas, y Dolores, la más vieja, al final, contemplando las columnas tapizadas de santos y crucifijos de cemento. 

Por un instante, el padre Cosme creyó que se trataba de alguna especie de alucinación, espectros espigados con olor a perfume barato y tacón alto; pero comprendió lo que ocurría y suspiró como suspiran las personas que han llorado mucho. 

Dolores no había cambiado. Las piernas le brillaban igual, y en los ojos conservaba un destello que revelaba el desamparo y el remordimiento. Ella sintió que se le estiraban las tripas cuando lo vio. Conservaba un recuerdo helado del sacerdote. Sin embargo, había atendido el llamado del único hombre que quedaba en la comunidad, y era un llamado del que no podía negarse. 

Se arrodilló. Le besó la mano con reverencia, como lo había hecho tantas veces atrás en el confesionario.

— Dios te bendiga, hija—le dijo el padre, y se le quedó mirando como quien escruta algo caído del espacio. 

Ignacio leyó capítulo 3 del Deuteronomio en medio de un oleaje de calor. El padre escuchó atento la lectura. El corazón le dio un salto al escuchar el Aleluya. Se puso de pie, besó el libro en una reverencia, y anunció con una melodía la Palabra del Señor. 

Gloria y honor a ti señor Jesús… 

Media hora después, sólo Ignacio y una de las mujeres estaban listos para comulgar. Las otras habían sucumbido al sueño. Se habían desplegado en las banquetas, agobiadas por el sopor de la tarde y arrulladas por la verborrea ininteligible del cura. Cayeron rendidas, exhaustas ante la palabra del Dios. Cosme gruñó, como gruñe un padre celoso a sus hijas, y les hizo un llamado para que recibieran el cuerpo de Cristo. 

Pero sólo Dolores atendió este llamado.

Así sea… 

La hostia le supo amarga. Alguna vez el catequista le había dicho que la hostia sabía “a como uno tiene el alma”, y se sintió sucia. En su primera comunión le supo a empiñada, recordó, pero ahora se la había pasado veinte años sintiéndose así y se sentía cansada. Quizás dejaría de sentirse así hasta que el corazón se le llenara de “amor”, una palabra que le había parecido extraña hasta que se encontró a Argelia y le enseñó a cómo llenar la panza usando el cuerpo. A lo mejor lo que sentía por ella era gratitud y no amor. ¿O no era amor alimentar al hambriento? A lo mejor sólo necesitaba un abrazo sincero. No como el que le dio a solas el padre Cosme hacía más de veinte años.

 Entonaron el canto final. 

Ave María, madre de Dios... 

Una vez afuera, el padre Cosme le pidió que lo siguiera, pero ella, con la seguridad que sólo se gana con los años, le dijo que prefería no hacerlo. En lugar de eso, caminó hacia el solar y recordó que ahí había recibido las primeras instrucciones del cristianismo. Había probado por primera vez las salporas de arroz de doña Beatriz. Había jugado peregrina debajo de un almendro que ya no estaba. Había conocido a Claudio, su primer amor, quien luego de una tarde de travesuras le había robado su primer beso. Ahora, la pared y el árbol estaban agujereado por las balas, y los hombres que antaño alegraban las tardes de la barriada ya no estaban. 

— Tienen un año de estar escondidos. — le dijo Cosme, a sus espaldas, adivinando sus pensamientos.

Dolores no dijo nada. 

— Vamos a hacer que regresen, hija — volvió a decir— Y en el nombre del Señor, expulsar al protestante que ha traído la desgracia. 

— La desgracia no está aquí por eso, padre— le dijo sin mirarlo. 

Sintió que el viento golpeaba su rostro y sus rizos se levantaban con el aire. Vio el campanario derruido, las hojas amarillas que se arremolinaban a unos pasos, debajo de aquél árbol que había visto elevarse a los lejos. Volvió a sentir el miedo que le había ido creciendo con los años cuando miraba un crucifijo o escuchaba la antífona de la liturgia de la palabra. Sintió que la sangre se le ponía caliente. Se dio cuenta que no encontraría lo que había venido a buscar. Se sintió ingenua, tonta, engañada otra vez. 

— La desgracia no está aquí por eso— volvió a decir.

Cosme quiso decirle algo, pero ella lo paró en seco.

—No se moleste, padre— lo miró a los ojos— Al menos el pastorcito ese sí cuenta buenos chistes. Mírese usted... Las muchachas se me durmieron en plena misa. Aunque ya no haya fiesta, aunque ya no nos quede trabajo, no puede negarnos el agrado de reír, porque en este pueblo ya no nos queda ni el abrazo de un Dios en quien confiar. ¿O va a decirme que usted es la muestra de su eterno amor?

Se dio media vuelta.

Caminó hacia la calle.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Un plan

El libro robado

Babel