Babel

 —Sí—dijo el tipo—, van a llegar lejos, y eso es sólo el cimiento.

Desde la ventana se podía ver la torre. Yo ya había visto sus cimientos unos meses atrás, pero nunca imaginé que se tratara de una edificación tan descomunal como aquella. 

—Van a llegar hasta el cielo—dijo de pronto un tipo, al lado del camino.

 —La columna es de basalto— dijo el anciano, dibujando una columna con sus manos— Las columnas de basalto son resistentes, y esta estructura va a ser de piedra, ¡de pura piedra muerta!

La gente se detenía a contemplarla por unos instantes y luego seguían su camino. Desde donde yo vivía se veía diminuta, chiquitita, y aún así impresionaba demasiado. Los cuatro nos quedamos un rato, ahí, viéndola, y tuve la impresión de que los demás también se sentían pequeños. 

Nos cobijamos en la fría sombra de la columna principal. 

Ya no hacía viento.

—Quizás no lleguen hasta el cielo— dije.
—No se puede llegar hasta el cielo— dijo el viejo—. Nadie puede hacer eso— sonrió—, pero a mí me divierte siempre encontrar estúpidos que lo intenten.

Miró hacia arriba y encontró la luna tenue.

La tarde estaba cayendo.

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