El libro robado
Cuando vi el libro, me
descompuse. Lo había estado buscado por años,
después de que lo encontrara en la biblioteca de la universidad entre los
estantes de diccionarios y libros de lingüística. Me pareció un descubrimiento
sobrenatural, sobre todo porque una reliquia como aquella merecía estar en cualquier un lugar de culto, y no en una vieja venta de libros de segunda. Ahora,
luego de casi tres décadas, estaba ahí, asequible, a escasos centímetros de mí, en medio de
una torre de tratados que parecía que estaba a punto de caerse en
cualquier instante.
Traté de contenerme hasta lo más profundo
para no mostrar interés. Me limpié el sudor de la frente y me recompuse el traje hasta adoptar una actitud despreocupada, totalmente desinhibida.
— Disculpe— llamé— ¿Cuánto por ese
librito?
El anciano levantó la vista
del periódico. Se acomodó los lentes y alargó el cuello hasta mirar el libro
de pasta oscura en medio de la torre de libros de colores.
—
Tres dólares— me miró, y volvió
a meterse en el diario.
Traté
de contener el volcán que había comenzado a arder debajo de mis pies. Saqué, sin mucho aplomo, los billetes de mi bolsillo (algunas monedas
cayeron en el piso) y se los ofrecí a viejo en el aire.
El
anciano bufó. Se puso de pie y comenzó a jalonear el ejemplar con una mano,
mientras que con la otra, evitaba que la torre se desplomara.
Cuando lo extrajo, se le quedó
mirando un rato, se rascó la barba, y me dijo con un tono diferente:
—
Disculpe, amigo, pero este libro no se lo puedo vender.
— ¡Pero si me dijo que valía tres dólares hace unos instantes!
—
Lo lamento. Este libro no debería de estar aquí. Llévese
los que quiera como compensación, pero este libro no se lo puedo vender.
—
¡No se atreva a usar esas artimañas conmigo! — le
increpé, fuera de mí, y traté de acercarme a él para asirlo del brazo, pero la
suerte quiso que el anciano tropezara sobre su silla y se desplomara sobre una
montaña de enciclopedias, dando voces de alarma.
—
¡Ayuda! ¡Ladrón!
Una
patada en el abdomen fue suficiente para dejar al viejo sin aliento.
Tomé
el libro, no sin antes mirar a todas direcciones, y corrí calle abajo en busca
de un taxi.
El
taxista no hizo preguntas. Yo no se las hubiera contestado.
Una
vez en la oficina cerré puertas y ventanas, y le solicité a Jeanet que por favor, nadie me interrumpiera bajo ninguna circunstancia. Me senté a examinar cuidadosamente la pasta, el
olor, la textura… podía escuchar la polilla moviéndose aún en sus páginas. El ejemplar estaba tal
y como lo recordaba: la tapa de tono gris confundido con el negro curtido por
los años, las letras góticas con bajo relieve, el lomo gastado por la humedad y
el uso de miles de escritorios y manos, mesas y sillas. Habían pasado 30 años,
y ahora, luego de media vida, estaba ahí, rescatado del fondo de una vieja venta
de libros de segunda. Medité en todos los riesgos que debió haber pasado el
ejemplar. En las manos incautas que lo acariciaron, en los estantes de
bibliotecas polvorientas por los que circuló, en las habitaciones por los que
probablemente rodó como una pelota de fútbol. En condiciones como aquellas,
pensé, el material no hubiese durado mucho, y agradecí al destino por la oportunidad
de habérmelo regresado con bien hasta mis manos.
«París, Casa Editorial Urk Hermanos.
Rue des Saints Peres, noviembre de 1924». Decía. «Tratado de magia e iniciación de médiums».
El
prólogo había sido escrito por Jean Baptista Giralt, quien hacía un minucioso análisis
sobre los propósitos del ocultismo, la revolución de la magia y su crítica
sobre los médiums más destacados de las postrimerías del siglo XIX e inicios
del XX. Me lo sabía de memoria.
En
el medio había pequeños dibujos de instrucciones para los médiums iniciados,
recomendaciones, y un apartado dedicado a Catherine Stevens, “Mrs. Crowe” donde había un breve comentario sobre los casos que sirvieron de inspiración para sus relatos principales. Si
el libro seguía intacto, pensé, tendría la oportunidad de reproducir una copia
para evitar que todo ese conocimiento se perdiera. Debería, al menos, conservar
una copia y el original, y guardar una tercera en la caja fuerte de la oficina
o en cualquier otra parte segura para evitar que su contenido cayera en las
manos equivocadas.
En
esas cavilaciones estaba cuando, de pronto, noté algo extraño en su volumen. El número de páginas era mucho menor de como yo lo recordaba, y
noté irregularidades ínfimas en el tamaño de las mismas. Había
hojas más blancas que otras, y en el medio pude ver láminas a color
púrpura que no recordaba haber visto en mis años de juventud. El libro estaba alterado.
Comencé a sudar. Lo que tenía por alegría y buena fortuna, se volvió en mí, incertidumbre. Me sequé el sudor con la misma ansiedad con que sufre un
niño cuando trata de ocultar alguna travesura.
Posé
el libro sobre mis rodillas y lo abrí, muy lentamente, despacio, centrando mis ojos en las siguientes palabras:
«Recetario de comidas catalanas: garbanzos, coca de piñones y más... ».
El libro que había robado con la misma agitación de quien se roba un
dulce, no era el que me esperaba. El libro no era su pasta, y ahora, tenía entre manos, un compendio de gastronomía mediterránea.
Pero lo peor no era eso. Minutos después, Jeanet entró a mi oficina en compañía de dos oficiales que deseaban interrogarme. Al parecer, habían encontrado el cuerpo sin vida de un tal Antoine Urk, sobre la avenida España, adentro de una vieja y destartalada tienda de libros usados, y el sujeto que buscaban coincidía exactamente con mi descripción.
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