El encargo
El Chato se dio cuenta que se le estaba acabando el cigarro
cuando sintió el quemón en medio de los dedos. Botó la colilla como solía
hacerlo el Pelón: lanzándola con el pulgar y el dedo medio y haciéndola girar
en el aire formando una parábola de lumbre que terminaba, siempre, en un
albañal. Estaba nervioso, le sudaban las manos, y el frío lo hacía sentir
extrañamente vulnerable. Eso no le gustaba.
“No la vayás a cagar”, le había dicho el Pelón, y cagarla significaba
una tortura de horas. Lo sabía. La semana pasada había ayudado al Chele a
sacarle la verdad a un vendedor ambulante al otro lado de la calle. Se había
hecho chavala, decían. No había de
otra más que quebrárselo sin importar que hubieran sido compañeros de escuela, a pesar de haber compartido pupitre en el aula de tercer grado.
La pandilla no perdona.
Faltaban cinco a las ocho, y el encargo no aparecía.
Se arrimó al poste y miró la foto de Belén para olvidarse por
un rato del asunto. “Sos pendejo”, le había dicho el Chele. “Eso va
a hacer que te calmés”, le dijo, y pensó que a lo mejor no la vería crecer, y si lo hacía, lo haría
estando guardado o en cualquier otra
parte… y sintió frío, y sintió que un hoyo se le habría en medio de la
espalda y la culpa.
Caía sereno.
El encargo no asomaba.
Se puso a pensar qué sería de él si hubiese seguido estudiando, pero de inmediato supo que aquello no hubiese prosperado. Tarde o temprano lo habría dejado, como dejó la casa, como dejó el barrio. Hay quienes no traen para eso, pensó. Hay quienes sólo traen para chingar y para joder, y la calle y la vida son las mejores escuelas que había. Así le habían dicho.
De repente, don Félix dio la vuelta por la esquina. Caminaba
despacio, como solía hacerlo por los pasillos de la escuela, debajo de la luz
espectral del alumbrado eléctrico. Llevaba chaqueta. Sobrero de fieltro.
Fumaba.
Aquél no podía ser el Félix que esperaba, pensó, y consideró
hacer una llamada para ver si no se trataba de alguna confusión estúpida.
“A las 8:00 pasa”, dijeron. “Es el de las ocho”, apuntaron. "Mirá la foto"... No había pierde.
Sintió frío, esta vez desde adentro, en lo hondo, y las orejas se le entumecieron,
como acostumbraba a dejárselas aquél hombre que estaba a punto de palmar.
Sintió asco, y el corazón se le hacía chiquito.
—
Buenas noches.
—
Buenas noches, joven.
— Me va saber disculpar, profe—
le
dijo— Espero me perdone.
Y le cerró el paso.
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