Retrato de pájaros muertos
Daniel pinta un cuadro de tres
aves muertas. Yo lo veo delinear sobre el lienzo mientras él está parado,
desnudo, empuñando su pincel. Hace pinceladas como si el cuadro ya estuviese
hecho, y la habitación se vuelve mucho más chica y acogedora, y las plumas que
caen como hojas secas de aquel cuadro, comienzan a inundar poco a poco el espacio
del recinto. Yo no le digo a Daniel que pare, porque, en realidad, me gusta
verlo trabajar; pero la habitación se vuelve tan pequeña con todas las plumas
negras que van saliendo del cuadro, que de su pincel pareciera que brotaran
pequeños pichones a punto de fenecer, y es a una que se le van pegando las
plumas y el canto estrujado de los pajarillos recién muertos en cada parte del cuerpo. Entonces le digo a Daniel que pare y que nos sentemos a admirar aquella
obra, pero Daniel se duerme, y yo me siento a su lado, con las rodillas
dobladas y con las plumas hasta la sienes, y de pronto, es como si también él
muriera, y yo me convirtiera en un pájaro que se está muriendo, devorada, también,
muy despacio, por el abrazo rojo de las hormigas, en la punta misma de un pincel.
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