Una mala pasada

                                         Las campanadas del otoño  hacen difícil la primera nevada
Roque Dalton

Don Mauri pensó que podría echarse otro. Aún no eran las ocho, y la jovencita flaca, con muchos dientes y pocas pecas, seguía a su lado con el cuerpo agitado y con ganas de continuar.
Don Mauri sintió su orgullo despeñarse al convencerse de que su vigor ya no era el mismo. Aunque acostumbraba a correr tres veces por semana, su cuerpo se resistía a las velocidades. Estaba cada vez más marchito, con menos jugos, sin el vigor suficiente para satisfacer a esa muchacha cuarenta años menor, y eso lo hacía sentir miserable.
Intentó estimular su miembro recordando experiencias añejas con otras mujeres, de complexiones y colores diferentes, de fragancias diversas,  pero por más que se esforzó no consiguió una erección real y permanente, y ante el riesgo de quedar nuevamente como una mierda, optó por fingir un cólico producto de los sándwiches que acababan de comer.
Ella hizo como que le creía y olvidó por un rato el asunto. Se envolvió en su brazo como quien se pone una bufanda y se quedaron así, escuchando la música que salía de los parlantes del cielo falso, hasta que el silencio de ambos les pareció insoportable.

—  Un día de estos voy a tu trabajo y te robo.
—  Ah, ¿sí? ¿Cuándo?
—  Un día de estos.
¿Cuándo?
—  Esta semana.
—  Te vas a tener que apurar  le dijo, mientras jugaba con un mechón de su cabello, el Chato me invitó a salir este fin de semana.
 ¿El enano de la esquina?
—  No ha parado de enviarme mensajes toda la semana.

A don Mauri se le atragantaron las palabras. Se le ocurrió maldecir, pero no tenía argumentos para hacer de aquello un drama. Tampoco tenía el ánimo. La sola intención le pareció estúpida. Se limitó a contemplarla y a esperar a que los minutos pasaran hasta que llegara la hora de despedirse.

Eran las siete.

Ella se incorporó y saltó directamente al baño. A don Mauri le pareció ver una gacela. Se contoneaba con movimientos rápidos y nerviosos. Luego, miró su pene y notó que no había sufrido ningún cambio: seguía flácido, totalmente inerte.

El pequeño aparato que estaba sobre la cómoda comenzó a vibrar. Era un pequeño celular que don Mauri le había obsequiado el día de su cumpleaños. Lo miró como quien mira un objeto caído del espacio; y sin proponérselo, le dio por examinar cada uno de sus detalles: la pantalla táctil, los íconos, la bandeja de mensajes, los 42 mensajes recibidos, y se perturbó al darse cuenta que la mayoría de ellos venía de un remitente llamado “Chato”. Como quien no quiere la cosa, les echó un vistazo uno a uno. Los leyó, primero, con la curiosidad propia de los hombres de su edad, después con el escrúpulo imperecedero de que algo raro estaba ocurriendo, y al final, con el rostro del verdadero espanto, como quien acaba de encontrar la sentencia de su propia muerte.

Ella volvió del baño.

       —    ¿Qué hace?
       —    Nada.
       —    ¿Ve mi celular?  

Don Mauri se recompuso en la cabecera de la cama. 

 —  Veo que está sudando- dijo- A lo mejor ya se dio cuenta.

Ella se comenzó a poner el interior. Don Mauri la veía desde la otra esquina de la cama. Se sentía un náufrago, aterrado, inhibido.

—  Sólo va a ser una vez. Dígale que no tiene dinero.
—  No tengo dinero.
—  Dígaselo a él. Llegará hoy a las nueve.
—  No tengo dinero.
—  Estas cosas pasan. No se asuste. Total, estaba a punto de decírselo dijo, y se metió en su blusa.

Recogió el bolso y metió el paquete de condones adentro.

—  Yo ya me iba. Él va a llegar a las nueve. No se aflija.

Se acercó y quiso besarlo, pero don Mauri giró el rostro y lo besó en el cachete.

—  No me diga que ya no me quiere robar dijo con sarcasmo.

Se dio la vuelta y bajó las gradas.

Una vez abajo le gritó que no fuera amargado.

Don Mauri se puso a atar cabos y lo comprendió todo. Hizo cuentas. Tendría que vender el auto si pedían lo que imaginaba. Le habían hecho la tradicional pasada. Se sintió pendejo. De otro modo, miserable.

También le hacía falta su billetera.

—  Mierda... no puede ser peorse dijo, mientras se rascaba los pocos pelos que le quedaban en la cabeza.


En ese instante miró su pene: su miembro, que había estado completamente sin vida, ahora estaba rígido, tieso, totalmente erecto. 

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