Alberto soñó que volaba. Que extendía sus brazos y piernas y despegaba lentamente del suelo a su propia voluntad. Batió un momento sus brazos simulando un breve aleteo. Encogió las piernas y comenzó a mover el cuello como la mueven las aves de corral. Salió cuidadosamente por la ventana, encogiéndose lo suficiente para no chocar con las cortinas, ni con la rama de tamarindo que estaba en frente de la casa. El sol lo golpeó con fuerza. Abajo, Raquel lo saludaba con la mano. Le pareció una tarde de verano con aquel vestido blanco. Comenzó a bajar como si bajara en medio de una nube, y se posó justo al lado de ella. Raquel sonreía. No paraba de sonreír. Sonreía con los ojos. También con las manos. Entonces, Alberto sintió un leve escozor entre las costillas, y tuvo miedo. -¿Qué te pasa, Albert? - Es que se me hace que estoy soñando, otra vez- dijo, decepcionado. - ¿Y qué con eso? Puedes venir todos los sueños a verme. - Sí, verdad. - Claro, tonto- y le acarició la barbilla. ...
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